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En las últimas horas, a través de redes sociales, se han conocido dos casos puntuales de maltrato hacia mascotas, lo que ha generado fuertes y justas reacciones en la comunidad.
Sin embargo, el panorama resulta paradójico si se tiene en cuenta que Colombia es un país donde la violencia suele manifestarse en múltiples formas. El conflicto armado, que en este mes se ha agudizado especialmente en el suroccidente, parece importar poco a las autoridades competentes o a las capitales del país, mientras soldados y policías en poblaciones apartadas enfrentan emboscadas, hostigamientos de grupos armados al margen de la ley y asonadas en las que la población civil es instrumentalizada para frenar el accionar militar. Ello no levanta ampolla ni en la opinión pública, ni en el gobierno o en la oposición; todos hablan en voz baja.
Este triste escenario ha marcado nuestra historia durante más de 60 años, sin que los procesos de paz hayan logrado menguar el dolor de las víctimas, ni la injusticia a la que están sometidas miles de personas. Muchas de ellas quedan atrapadas bajo el dominio de estructuras armadas, enfrentan el desplazamiento forzado o el confinamiento, en ocasiones en silencio y con escasa o nula ayuda estatal.
Las Fuerzas Militares cumplen hasta donde pueden con su papel, pero la realidad es que, desde hace décadas y hasta hoy, nadie se ha preocupado seriamente por atacar los problemas estructurales de inequidad en Colombia. Las “buenas intenciones” suelen quedarse en discursos ideologizados y con muy poca acción. Nos hemos acostumbrado a la división partidista, a culpar al otro, a defender colores y banderas, y a mirar al vecino como enemigo si no piensa igual. Hemos olvidado que la diferencia también construye, que saber escuchar y ponerse en los zapatos del prójimo es fundamental para comprender su realidad y su punto de vista.
Es completamente válido protestar contra el maltrato animal. Estos seres vivos, que nos acompañan y alegran la vida en nuestros hogares, no pueden expresarse ni defenderse, y por ello necesitan la voz de una comunidad doliente. Sin embargo, también debemos estar atentos a otras formas de violencia: contra la mujer, los niños o los ancianos, quienes son objeto de agresiones verbales, físicas o económicas, llegando incluso a tentativas de homicidio o la muerte. Muchas veces, estas situaciones se normalizan y se minimizan hasta por las propias víctimas.
Con seguridad, y en especial las nuevas generaciones, están llamadas a cambiar de mentalidad, a romper esquemas y a defender la vida en todas sus formas. La violencia no se combate con más violencia, sino con inteligencia, con argumento, educación y justicia. Es hora de exigir a nuestros gobernantes acciones puntuales para combatir el narcotráfico, la corrupción y la desigualdad social.
No se trata de protagonismos individuales ni de avances de corto plazo, sino de construir verdaderas políticas públicas que, año tras año, transformen el país y fortalezcan una democracia participativa, en la que podamos convivir sin estigmas y con plena conciencia de los derechos y deberes que nos corresponden. Colombia, no merece el destino que quieren darle desde los extremos, por eso la interrogación: ¿Qué está pasando?, quizá un análisis objetivo, imparcial y humano nos pueda llevar a una solución donde cada uno aporte en un cambio real en el que todos los sectores participen y sumen. Suena a utopía pero si hay voluntad y fe, algún día se puede lograr.
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