Por: Carlos Andrés Coral Jácome – Redacción Digital Ecos de Pasto
Todos hemos experimentado ese momento: la bocina eléctrica consistente en un embotellamiento, el taladro de una construcción a primera hora de la mañana, la música a todo volumen del vecino o el incesante fragor de los motores de la ciudad. El ruido, ese intruso constante en nuestras vidas modernas, se ha normalizado hasta tal punto que hemos olvidado lo que es el silencio.
El ruido no es solo una molestia, es un problema de salud pública. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido repetidamente sobre los graves efectos de la exposición prolongada a sonidos estridentes. No se trata solo de la pérdida de audición, que es la consecuencia más obvia, sino de un abanico de problemas que van desde el estrés crónico y la ansiedad hasta trastornos del sueño, hipertensión y enfermedades cardiovasculares. Este fenómeno, nos mantiene en un estado de alerta constante, agotando nuestro sistema nervioso sin que nos demos cuenta.
Y, sin embargo, la respuesta común es encogerse de hombros y decir – es el precio de la vida moderna. Pero ¿realmente lo es?
¿Estamos resignados a vivir en un entorno hostil que nos enferma lentamente? El silencio, o al menos un ambiente con niveles de ruido razonables, no es un lujo, es una necesidad fundamental. Nos permite concentrarnos, descansar, disfrutar de la naturaleza y conectarnos con nosotros mismos y con los demás.
Reducir la contaminación acústica no es solo responsabilidad de las autoridades, aunque su papel es crucial en la implementación de normativas más estrictas. La solución también está en nuestras manos; podemos empezar con pequeños cambios, como elegir medios de transporte más silenciosos, disminuir el volumen de nuestros dispositivos, ser más conscientes del ruido que generamos en nuestros hogares y respetar los espacios de tranquilidad. Al existir menos bullicio, estamos propiciando una mejor calidad de vida.
El Día Internacional del Ruido es para recordar que el silencio es un bien preciado que debemos proteger. Es un llamado a la acción para recuperar esos espacios de calma que nos permiten vivir de manera más plena. Es hora de dejar de normalizar el estruendo y empezar a valorar la tranquilidad. Después de todo, el verdadero progreso no se mide por la velocidad del mundo, sino por la paz que podemos encontrar en él.
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