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También me refiero a las queridas abuelitas en el día Internacional del Anciano, 1 de octubre. Hoy escribo para felicitar a los que están llegando a la cumbre de la vida, esa etapa final que todos tenemos derecho a vivir con plenitud.

Aparentemente así, en plenitud, está viviendo la ancianidad ese hombre de 81 años, de sonrisa incansable, que en su visita fugaz a Colombia pasó repartiendo alegría, esperanza, optimismo y fe en Dios.  Francisco ha hablado sobre la ancianidad multitud de veces con palabras inspiradas.

Hoy voy hacer un experimento.  En vez de expresar mis propias ideas, voy a dejar que el Papa Francisco les hable directamente a través de mi columna periodística. 

Tomando al pie de la letra frases de diversos discursos del Papa,  trataré de armar un breve ensayo sobre los adultos mayores.  De aquí en adelante todas son palabras textuales del Papa Francisco. Omito las comillas y citas que harían muy cansona la lectura.

El futuro de un pueblo supone un encuentro: los jóvenes proporcionan la fuerza para hacer avanzar al pueblo, y los ancianos robustecen esta fuerza con la memoria y la sabiduría. Un pueblo que no respeta a los abuelos es un pueblo sin memoria y por tanto sin futuro.

Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha alargado.  El número de ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado lo suficiente para hacerles espacio, con justo respeto y concreta consideración a su fragilidad y dignidad.

Mientras somos jóvenes, somos propensos a ignorar la vejez como si fuese una enfermedad que hay que mantener alejada; cuando luego llegamos a ancianos, especialmente si somos pobres, si estamos enfermos y solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada a partir de la eficiencia, que como consecuencia ignora a los ancianos.  Y   los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.

El anciano no es un enemigo.  El anciano somos todos nosotros dentro de poco o dentro de mucho.  Y si no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.

Realmente la vejez muchas veces es un poco fea ¿eh? Por las enfermedades que trae y todo eso, pero la sabiduría que tienen nuestros abuelos es la herencia que nosotros debemos recibir. En una civilización en la que no hay sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esa sociedad lleva consigo el virus de la muerte.  Es verdad que la sociedad tiende a descartarnos, pero  el Señor no.  El Señor no nos descarta nunca.

Cuan feo es el cinismo de un anciano que perdió el sentido de su testimonio, desprecia a los jóvenes y no comunica una sabiduría de vida.  En cambio, cuán hermoso es el aliento que el anciano logra transmitir al joven que busca el sentido de la fe y de la vida.

¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafíe la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos!  Y esto es lo que hoy le pido al Señor: este abrazo.

                              Gustavo Jiménez Cadena, S.J.           Pasto, septiembre 27 de 2017.

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