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Por Erasmo Escobar Santander.

 

Por estos días, Monseñor Julio Enrique Prado Bolaños, celebra junto a la comunidad nariñense sus 25 años de vida episcopal y 50 como sacerdote, recibió su ordenación episcopal el 22 de Agosto de 1992. Por tal motivo, la Diócesis de Pasto, ha dispuesto de  una programación que iniciará con cuarenta horas de preparación espiritual ante el Santísimo, el domingo 20 de agosto, el lunes 21 de agosto se llevará a cabo un acto cultural y de reconocimiento en el Colegio Las Bethlemitas y el martes 22 de agosto, día central, se ofrecerá una Eucaristía a las 10:00 de la mañana en la Iglesia Catedral.

 

 

Monseñor Enrique Prado Bolaños nació en Cumbal (Nariño) el 21 de noviembre de 1943, estudió filosofía y teología en el Seminario Mayor de Pasto; fue ordenado sacerdote el 3 de diciembre de 1967 incorporándose a la Diócesis de Pasto.

 

 

Desde 1982 hasta el 8 de julio de 1992 fue Párroco de su pueblo natal Cumbal y rector del colegio ‘José Antonio Llorente’ de esa misma localidad. San Juan Pablo II lo nombró Obispo Titular de Fornos Maggiore, en Tunes – Norte de África y, Auxiliar de Cali  el 8 de julio de 1992. El 2 de febrero de 1995 San Juan Pablo II lo nombró obispo de Pasto.

 

 

Monseñor Prado Bolaños, fue también encargado temporalmente de la Diócesis de Tumaco,  donde al igual que en Pasto, ha liderado la misión de llevar a todos los rincones de la comarca el Evangelio, es así como además, de sus correrías por pueblos y veredas,  Monseñor Julio Enrique, participa junto a los Sacerdotes Gustavo Jimenez Cadena y, Carlos Santander Villarreal, en la emisión dominical del Programa  “La Hora Católica”, de 8:00 a 9:00 de la noche por Emisora Ecos de Pasto.

 

 

Felicitaciones a nuestro pastor en sus Bodas de Plata Episcopales, que Dios, guíe  y fortalezca siempre su vocación y su vida al servicio de los más necesitados.

 

Así llamaron sus opositores a Gerardo Valencia Cano, vicario apostólico de Buenaventura. También lo llamaron obispo guerrillero y comunista.  Si viviera todavía, estaría cumpliendo cien años dentro de diez días, el 26 de agosto.

 

También llamaron “obispo  rojo” al gran apóstol brasileño, Dom Helder Cámara, un obispo pobre y para los pobres, quien, por defender los derechos de los débiles tuvo que enfrentarse muchas veces con el régimen militarista y dictatorial de su  país.  Decía con humor: “Cuando les doy de comer a los pobres me llaman santo.  Pero cuando pregunto por qué los pobres pasan hambre, me dicen que soy un comunista”.

 

También al Papa Francisco le han hecho acusaciones parecidas.  “Es extraño –dice el pontífice-  si hablo de  justicia social, para algunos resulta que el Papa es comunista”.

 

Durante el Concilio Vaticano, Gerardo Valencia participó en el Pacto de las Catacumbas: el compromiso de 40 obispos de impulsar una Iglesia servidora y pobre. Vivió como un pobre entre los pobres: su vestido, su comida, su tenor de vida.   Renunció a los títulos episcopales: nada de “Excelencia” y “Monseñor”:, simplemente Gerardo. “Su Excelencia es sólo para Cantinflas”, decía.

 

No se impregnó, como lo pediría el Papa Francisco, del olor de sus ovejas.  Por la simple razón de que ni en el Vaupés ni en Buenaventura había ovejas.  Pero sí se impregnó del penetrante y fastidioso olor a pescado, de tanto visitar los ranchos de sus amigos pescadores y salir a pescar en sus canoas con ellos, vestido de pantaloneta.

 

 Cuando la draga de Puertos de Colombia empezó a derribar los tugurios de sus hermanos afro, el obispo se plantó para impedir el desalojo,  junto a ellos, con el barro a las rodillas.  No quiso moverse: “Tendrán que pasar sobre mi cadáver”.  Los bomberos  tuvieron que sacarlo a la fuerza.

 

A la mañana y a la noche se escuchaba todos los días  la voz del obispo por la radio.  Sus mensajes evangélicos traían enseñanzas sociales que sacudían las conciencias de los poderosos y animaban a los excluidos a organizarse y reclamar sus derechos. 

 

Fue apóstol de la no violencia activa. Aunque se reunió  con el grupo sacerdotal de Golconda y apoyó sus ideales de cambio social, siempre rechazó la violencia. Cuando alguien habló de tomar las armas y unirse a la guerrilla, el obispo se puso de pie y, alzando la biblia, dijo con energía: “¡Esta es mi única arma!”. 

 

A la muerte del padre Camilo Torres, el obispo le escribió a una sobrina suya, gran admiradora del sacerdote guerrillero: “No creo  que tú me ganes en amor por este infortunado hermano mío en el sacerdocio. Ojalá me ganes. Pero fíjate que tu modo de pensar no está de acuerdo con el evangelio de Cristo y mucho menos con su táctica de redención del mundo”.

 

Gerardo Valencia murió al desplomarse el avión entre los Farallones de Cali.  En el ambiente quedó flotando la sospecha de que fuera un accidente provocado por los poderosos, a quienes molestaba su presencia sacerdotal.

 

        Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                   Pasto, agosto 16 de 2017.

LOS INDÍGENAS TAMBIÉN SON COLOMBIANOS.

 

Hoy, 9 de agosto, se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.  Una fecha que no debería pasar inadvertida, dada la gran riqueza cultural y la importancia numérica de la población indígena de Colombia: se calcula en cerca de 1.400.000 personas.  Existen en el país 710 resguardos.

Los blancos de origen europeo, los afroamericanos y los mestizos, que conformamos la mayor parte de los habitantes de Colombia, somos los llegados de la última hora; por consiguiente, los que menos derechos deberíamos reclamar sobre la posesión de estas tierras.  Los indígenas son los descendientes directos de quienes fueron dueños de la tierra americana por miles de años: los más colombianos de los colombianos.

Afortunadamente ya pasó la época en que se creía que los grupos indígenas eran racial y culturalmente inferiores, mientras que los blancos europeos o sus descendientes pertenecían a una raza y civilización superior. Así se justificaban el colonialismo y la explotación. Hoy, ningún científico serio defiende que haya razas y culturas superiores o inferiores.  Simplemente son distintas: cada una con riquezas particulares de que carecen las otras.

En mi vida hubo una época privilegiada, por varios años, en que todas mis Semanas Santas y Navidades, como sacerdote, las pasé en distintas comunidades indígenas de Colombia.  Conté con las facilidades que me ofrecieron en todo momento las valientes Misioneras de la Madre Laura. Entonces tuve la oportunidad de empaparme de las riquezas culturales de estos pueblos.

Admiré la alegría y sentido del humor de los Barí o Motilones del Catatumbo, el sentido religioso y respeto por la madre tierra de los Koguis de la Sierra Nevada, la  belleza de las mujeres Embera con sus chaquiras y sus pinturas cosméticas en la cara y en el resto del cuerpo, la solidaridad de los Nasa caucanos, las mantas multicolores agitadas por el viento de las mujeres Wayú en el desiertos de la Guajira, la sabiduría y conocimientos en medicina natural de los Jaibanás chocoanos.

La riqueza cultural de las tribus indígenas es un patrimonio nacional que merece ser valorado.  No pocos de los rasgos culturales indígenas podrían y deberían pasar a enriquecer nuestra cultura predominante, tan contagiada de elementos baratos importados acríticamente de la sociedad global.

A las misiones católicas se les pudo acusar en tiempos pasados de actuar como idiotas útiles del colonialismo cultural. La Iglesia postvaticana ha desenterrado  el enfoque de aquella “inculturación”, que pusieron en práctica los jesuitas en las antiguas misiones de China y de la India.  No hay por qué cambiar la cultura de los indígenas, como un paso previo necesario para cristianizarlos. A los indígenas, la Iglesia les reconoce su derecho para que Cristo se les anuncie en términos de su propia cultura y se les anime a vivir su cristianismo, así mismo en términos de su propia cultura, incluida su lengua y signos litúrgicos inteligibles para ellos.

Recuerdo que, en mis andanzas por la Sierra Nevada, cuando los Koguis  me invitaron a bendecir su capilla, le pedí al “mama” de la tribu que presidiera conmigo la ceremonia y fuera él quien rociara el recinto con agua bendita: se trataba, de mi parte, de un modesto intento de inculturación con el que mostraba mi respeto por las estructuras de su organización social y religiosa.

Estas pocas líneas constituyen una invitación para que los colombianos reconozcamos la dignidad de nuestros hermanos indígenas y sus grandes valores humanos, defendamos sus derechos y nos empeñemos en evitar su desintegración y la desaparición de sus lenguas y de su cultura.

                Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                             Pasto, agosto 9 e 2017

JULIAN ÁNDRES,  UN TALENTOSO MÚSICO NARIÑENSE.

 

 

Por: Erasmo Escobar Santander.

 

Como es bien conocido en todo el país,  el músico nariñense  es sinónimo de   calidad, talento, virtuosismo y capacidad para interpretar todo tipo de instrumentos; adaptándose al universo de posibilidades que ofrecen los diferentes géneros, por estas razones los artistas sureños  dedicados a explorar el pentagrama, gozan de un gran aprecio y respeto pues, esta tierra a la que el gran poeta Aurelio Arturo, llamó con acierto  “El verde de todos los colores”, ha visto brotar de entre sus entrañas a verdaderos maestros de la música que enaltecen el nombre de este rincón de la patria.

 

Gracias a la magia de la tecnología, hemos logrado conocer la historia de Julián Andrés Morales Cuastumal, un chico nacido en Pasto, pero radicado en la Tebaida Quindío; sus padres Amilcar y Viviana, también son nariñenses y según lo relata el protagonista de esta historia, han sido un apoyo fundamental para iniciar con éxito en el competido mundo de la música.

 

Recientemente, Julián, fue escogido para integrar la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia. Sin duda, un gran logro que le abre las puertas a nuevas experiencias, retos y oportunidades  al lado de destacados intérpretes de todo el país.

 

Julián Andrés Morales Cuastumal, nació el 24 abril del 2003, sus primeros pasos en las aulas los dio  en el Hogar Infantil Agustín Agualongo de la capital nariñense, para luego trasladarse con sus padres a Medellín, donde cursó sus estudios primarios en la Institución Educativa Las Vegas.

 

Más adelante el eje cafetero recibiría a Julián y su familia, concretamente  La Tebaida - Quindío, se convertiría en el hogar que hoy  acoge a el talentoso músico que adelanta el noveno grado en Institución Educativa Luis Arango Cardona.

 

Así se refiere Julián Andrés Morales C, con respecto a  su temprana y prometedora incursión en la esfera musical.

 

“Mi gusto por la música nació a partir de los 10 años de edad, me llamó mucho la atención, y tuve la oportunidad de entrar en la convocatoria para la pre banda  de La Tebaida -  Quindío. En el 2014, empiezo mi trayectoria musical tocando el barítono, luego pasé a la Banda Infantil la cual necesitaba un tubista, mi maestra confío en mis habilidades para interpretar este instrumento y así fue como proseguí estudios para el perfeccionamiento  en la ejecución del mismo.

 

Inicie mis estudios en la Banda Escuela Edén Musical, perteneciendo a la pre banda en la cual estuve por espacio de tres meses, posteriormente hice parte de la banda infantil interpretando la tuba y finalmente en la banda juvenil, bajo la dirección de la Maestra Eyiseth Guevara Henao.

 

En el año 2015 recibí talleres con el Maestro Álvaro Duque Gil, Licenciado de la Universidad de Caldas y tallerista de la Asociación de Músicos del Quindío. En el 2016 con el Maestro Juan Camilo Golu, tubista - Universidad del Valle, y  con el Maestro Lelis Jafeth Vega Montilla, del  Instituto Nacional de Música de Panamá.

 

En  ese mismo año participé en talleres dictados por el Ministerio de Cultura “Paisaje Cafetero y Sonoridad”. Además, obtuve el 5° lugar en el Concurso jóvenes talentos Quindianos; y ahora fuí seleccionado como tubista en la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia.

 

Con la Banda Escuela Edén Musical he participado en cuatro encuentros regionales de bandas, organizados por la Asociación de Músicos Profesionales del Quindío.

 

En la actualidad mis expectativas son profesionalizar mi talento ingresando a la universidad, sé que esto me abrirá muchos caminos, para conocer diferentes personas del mundo de la música, así como también nuevos países, nuevos horizontes; pero con el honor de ser un hijo de Pasto, mi tierra natal.

 

Mi familia siempre ha sido un gran apoyo para motivarme a continuar con el gusto por la música la cual necesita de disciplina, esfuerzo, dedicación y ser apasionado en lo que se hace”.

 

De esta manera, Julián Andrés Morales Cuastumal, termina el relato de lo que hasta ahora han sido sus logros y sus propósitos, en una carrera que apenas nace, pero que con fe y disciplina muy seguramente traerá  un cúmulo de satisfacciones para Él, y su familia.

 

Felicitaciones Julián, gracias por representar con lujo de detalles al Departamento de Nariño,  y llevar en alto  los colores de nuestra bandera. Que viva Pasto, Carajo!

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